lunes, 23 de abril de 2012

Recuento 14: De Júpiter Eres


I
-Mi sueño se hizo realidad. Ya me diste material para un relato.
-Te has puesto a pensar que fuiste tú quien inconscientemente provocó que ese sueño se volviera realidad.
-Pues no fui yo quien le hizo la mala jugada al otro…
-No comiences con dramas de nuevo. Mejor dime, ¿soy el protagonista de tu cuento o un personaje de relleno, el árbol número tres?
-Me lastimó lo que hiciste…
-Si eres el encargado del reparto en tu relato y no soy el protagonista sino un personaje más, elijo ser el árbol número dos, es mucho más frondoso; además, el árbol número uno está plagado de termitas y el número tres está un poco seco.
-En mi relato tú eres tú y yo soy yo.

II
-La puerta se cerró detrás de ti…
-Y nunca más volviste a aparecer.
-¿Cómo dices?
-Es como va un bolero, y no parece la forma más adecuada de iniciar un relato.
-Corrector de estilo le llaman a usted.
-Por mi nombre me llaman, a veces por mi apellido.
-Me lastimó mucho lo que me hiciste.
-Vale, pero lo que no hice, eso no te lastimó. A eso le llamo ver el lado positivo de las cosas.
-Hablas de lo inexistente. Es como decir que soy infeliz porque elijo serlo cuando hay tantas cosas por las que puedo ser feliz pero me niego a verlas.
-Ya vas entendiendo.
-Indiferencia.
-Y eso viene a cuenta de qué.
-Es el título del relato.
-¿Sobre qué va?
-Sobre nosotros.

III
-Acaba de morir un gato que recogí esta tarde de la calle. Es sólo un bebé de una semana. Lo que le hicieron a él sí es indiferencia.
-Mi relato incluye un gato.
-Los he preferido siempre por sobre los perros.
-Los gatos negros me gustan aunque se piensen muchas cosas de ellos.
-Anaranjado era este. Ya lo guardé en una cajita para enterrarlo mañana temprano.
-El sábado estuve muy enfermo, a punto de morir.
-Me alegro de que ahora estés bien y no hayas muerto.
-Me alegro yo también de poderme alegrar.

IV
-¿Cómo va el relato?
-Se está escribiendo por sí mismo.
-Estuve en la playa por dos días.
-No me gusta la playa ni asolearme, el sudor me produce una especie de alergia cutánea.
-¿Cómo sigues?
-Tomando antibióticos y desinflamatorios. Ya mejor. ¿Qué haces?
-Te envío una fotografía de lo que hago en un momento.
-Bien.
-¿Ya la viste?
-Sí. Lo primero que vi en tu foto no fue a ti sobre la cama sino a la taza de café que aparece al fondo sobre el buró.
-De Júpiter eres.
-Vecinos somos.
-Lo somos. Estoy algo estresado.
-Mastúrbate.
-Estrés académico.
-Al eyacular te sentirás libre de todas las presiones. Es un tipo de desfogue somatopsíquico.
-Seguiré tu consejo.
-Piensa en mí.
-¿Qué dices?
-Piensa en mí mientras te masturbas. Me cuentas si consigues al menos la erección.
-Tal vez si pienso en ti disfrazado de red bull la consiga.

V
-Y ya jamás me dirigió de nuevo la palabra. Así es.
-¿Es el final del cuento?
-Es todo el cuento.
-Es un cuento muy corto.
-Los hay más cortos. Los que escribió Monterroso, por ejemplo.
-Pero, ¿y los personajes y todo lo demás?
-En un cuento lo más importante es lo que no se dice, pero el lector intuye e interpreta: lo implícito.
-Le falta el “y vivieron felices para siempre”. Bueno, aunque si lo hubieras puesto sería un cuento irreal y utópico.
-Está en el lector elegir el final que le crea más conveniente.
-¿El protagonista muere?
-Todos habremos de morir un día. Pensándolo bien, en la ficción puede ocurrir cualquier cosa.

lunes, 9 de abril de 2012

Recuento 13: Habrá sangre

A Charcosombrío


I am a false prophet and God is a superstition!”, es el grito que proviene de la televisión, es un joven quien exclama con una voz quejumbrosa y chillona que es él un falso profeta y Dios una superstición, para congraciar a otro hombre, astuto, misántropo, viejo que lo observa maliciosamente, ensoberbecido y escucha feliz las mismas palabras que vuelven a ser pronunciadas por lo menos en tres ocasiones más por ese joven ya con el rostro rojo por el bochorno que repetir esto en voz alta le causa. La película está por terminar, han sido más de 2 horas y media que a pesar de los 32 grados –porque la primavera ha decidido ser un verano adelantado– se han pasado veloces –sólo quien ha visto una película sufriendo calores sabe lo difícil que es concentrarse en su trama, aun más sumergirse en su mundo mientras se transpira con copiosidad–. Su mente sólo ha tenido un punto fijo desde las 22 horas: la televisión, la película, There Will Be Blood. Habrá sangre.

Ya es la medianoche del primer día del mes de abril, domingo, el ventilador de techo poco aire arroja, pero por la ventana, abierta, y debido a que las cortinas han sido corridas ingresa a la habitación el fresco nocturno. Los créditos finales comienzan lentamente a reproducirse en la pantalla, quién es quién en la película, quién hizo qué en la película, todos, por mayor o menor que haya sido la contribución en la realización del film, merecen una mención en la larga lista. Él desocupa su lugar en la cama, su espalda está sudada, su cuello, las coyunturas, también los huevos. Camina hasta el baño, enciende la luz y comienza a mear, durante el visado de la película le parecía un pecado el tener que interrumpir la función para levantarse a desaguar la vejiga por lo que ahora experimenta una sensación deliciosa que lo llena de gozo. Casi al terminar de liberar la orina escucha un ruido proveniente de la calle: “¡me va a llevar la chingada por tu culpa!”. Le baja al inodoro y sale del baño, vuelve a su habitación y observa por la ventana, a mitad de la calle está de pie sin moverse un joven:  muy delgado y vistiendo ropa por lo menos dos tallas por encima de la apropiada: una playera blanca de manga corta y unos jeans de mezclilla azul rey, es moreno, mucho, la luz mercurial hace que su cabeza rapada brille blanca, tiene las manos por detrás de la cabeza, uniéndolas en su nuca denotando preocupación, esto está mal, pareciera estar diciendo con esta expresión. El joven baja los brazos y avanza unos cuantos pasos casi hasta llegar al cruce de calles: “¡me costó un huevo conseguir eso, ¿a dónde te fuiste?!”, se lamenta y pregunta con la voz de un niño a pesar de que su fisonomía contrarie esto. El joven da unos pasos más por lo que ya le es imposible ver desde su sito a través de la ventana la figura del joven, pero sí escucha un par de gritos más: “!¿Tania, cómo vas a hacer para llegar a tu casa si no traes dinero?!, ¡Tania!”. Se separa de la ventana. El resplandor azul de la televisión indica que ya acabó la reproducción de la película y ha vuelto al menú principal del aparato. Se interesa demasiado por la situación que está aconteciendo afuera, voltea y ve el umbral que conduce a las otras dos habitaciones, vacías las encuentra, oscuras. Se moja los labios con la lengua y pasa su mano por el vello de su pecho sólo para darse cuenta de que también está húmedo. Baja la mirada y ve sus pies descalzos. Ya sin pensarlo una vez más, luego de haber cerrado apropiadamente las cortinas, deja su habitación cuando ya no se escuchan más sonidos de la calle, es más ni siquiera han transitado carros por ella algo poco común puesto que por esa calle hacen su recorrido por lo menos 2 rutas hasta la una de la mañana a más tardar y aún falta rato para que el reloj marque esa hora. Al salir al porche, camina hasta llegar y asomarse por la verja, a la izquierda, en dirección al cruce de calles donde vio desaparecer al joven: no se ve un alma. Con afán de descubrir qué pasa, abre la verja y, descalzo, sale a la banqueta y anda hasta la esquina, al aproximarse a ella comienza a escuchar el sonido de un lloriqueo, un sonido agudo, un pitido, un gis que al doblar la esquina encuentra a quien lo está produciendo. Sentado sobre la banqueta, apoyando la espalda en el muro lateral de la casa blanca de la esquina, deshabitada por cierto desde hace varios años, descubre al joven rapado, tiene las piernas flexionadas y las rodillas levantadas, agachada la cabeza, hundida en la separación que hay entre ambas rodillas, de manera que las protuberancias de las cervicales se le asoman por la parte posterior de su cuello largo y en tensión, inclinado. En medio del gemido prolongado, que parece interminable, le escucha decir: “¿A dónde te fuiste, Tania?”. Tentado a retroceder y dejar al joven con su congoja pero a la vez a permanecer y tratar de encontrar una solución para la misma entre ambos, en ese momento terminante una de esas rutas que hasta entonces no había hecho su aparición, bufa a lo lejos y en pocos segundos pasa frente a ellos cimbrando la tierra, el joven que llora y él se encuentran mirándose el uno al otro. Al pasar el camión, cuando su ruido se vuelve cada vez más lejano hasta quedar la noche en silencio, es él quien, a pesar de sentirse ridículo por no llevar más ropa que sus shorts azules y con rayas blancas a los lados dejando al descubierto sus piernas delgadas y velludas, ni siquiera llevar calzado ni camiseta, es él quien se atreve a abrir la boca y decir algo: Te… Te puedo ayudar en lo que sea, pronuncia con un tartamudeo inicial, pero no con entonación de pregunta. El joven de rostro lampiño, con facciones mínimas pues su delgadez es tan extrema que su rostro moreno sólo es pellejo pegado al hueso, como si la calavera sólo estuviese recubierta por una película delgada morena y lisa. Sus ojos son pequeños y brillantes, de pupilas negras, enrojecido el resto de ellos por el llanto. Por la nariz afilada, enrojecida también, le escurren los mocos transparentes y aguados que se limpia con el cuello de la playera blanca, entonces dice: ¿No vio a una chava corriendo, flaquita, con el pelo rojo? El joven lo mira con ojos pidiendo ayuda, él se peina el cabello con la mano, desconcertado por la pregunta, mueve los hombros y niega con la cabeza: ¿una chava?, le pregunta. El joven se incorpora, poseen ambos casi la misma estatura, si acaso el joven es dos centímentros más bajo que él; el joven dirigiendo su mirada a todos lados menos a los ojos de quien fue a encontrarlo a esa esquina llorando, dice: es mi morra, ya íbamos a agarrar el camión, pero no sé qué le hice que se encabronó bien machín y se fue corriendo, ya la iba a alcanzar, pero en la avenida se puso la luz roja y los carros no me dejaron pasar. Se me perdió, no la hallo. Tal vez agarró un taxi o el camión…, dice él interrumpiendo las palabras y cuando el joven escucha esto en su cara desprovista de gestos se forma la mueca de un niño pequeño que va a llorar y en efecto comienza a hacerlo y a generar ese sonido de pito. Lo único que a él se le ocurre pedirle al joven es que vaya con él a su casa, que se sienten un rato en el porche, que ahí se esté durante un rato hasta tranquilizarse un poco, que se tome un vaso de agua y que ahí ambos intentarán hallar una solución. El joven, no muy convencido, reticente en un principio decide aceptar la propuesta al cabo cuando le vuelve a insistir. 

Pasa, siéntate en la mecedora, ¿quieres agua, una coca con hielos?, dice él estando de pie y con la puerta abierta para entrar a la casa. Quiero a Tania, dice el joven en voz baja viendo el suelo. Él piensa en decirle “haré todo lo que esté a mi alcance para hacer que ella esté aquí”, pero de pronto se encuentra aseverando: vendrá. El joven escucha lo que él ha dicho con tanta certeza y levanta la cabeza, lo ve de espaldas, él ya va penetrando la casa: ¿Y si no?, pregunta el joven. Él, aun cuando alcanza escuchar a la perfección, opta por ya no pronunciar más palabras y entra cerrando la puerta detrás suyo. En el trayecto hacia la cocina se percata del resplandor que proviene de su habitación y recuerda haber dejado encendida la televisión, pero se dirige a la cocina luego de pasar el comedor, ahí sirve agua en un vaso y le añade unos cuantos hielos que saca del congelador. En su recorrido de vuelta, el resplandor de la televisión encendida lo incomoda tanto que decide ir a apagarla; al ingresar a su cuarto se encuentra con una imagen que le parece ya haber visto antes: la ventana con las cortinas cerradas y la sombra de alguien al exterior, ese alguien tocando el vidrio con la mano izquierda. Se detiene un momento a pensar si es un falso recuerdo o si en verdad esto ya lo ha vivido previamente. Apaga la televisión y ve ahora aún con mayor claridad que es la silueta esbelta del joven, oscura, detrás de la cortina y del vidrio y sobre esta superficie lisa su palma izquierda. Su memoria no le funciona adecuadamente, pero la sensación de confusión le indica que la situación extraña que está sufriendo al creer haber vivido algo así con anterioridad se mantenía latente. De pronto como destellos de luz aparece una escena de él mismo al interior de su habitación a oscuras y con la puerta cerrada, sus ojos mirando fijamente la perilla de la puerta, ve como si desde el exterior alguien estuviera intentando abrirla a la fuerza, luego le da patadas para que ceda. De cualquier manera, supone que esto es una invención suya, sugestión pura, pues esto cree nunca haberlo vivido y deja la habitación.

En el porche se encuentra al joven de pie, inmóvil, con la palma de su mano izquierda puesta sobre el vidrio, luce impávido y parece como inmerso en algún recuerdo, en sus pensamientos:  ¿Qué haces?, le pregunta al joven. Nada… es como si yo antes… bueno, nada… nomás me acordé de algo pero no sé de qué…, dice el joven al ser perturbado y sorprendido por la interrogación. Él quiso decirle al joven que él mismo acababa de sentir algo muy similar a lo que él estaba experimentando, eso de acordarse de algo pero al mismo tiempo no tener conocimiento veraz del recuerdo. La incertidumbre en cuanto a si se trata de un juego mental más o no, de creer tener memoria de algo que en realidad no había tenido lugar en el pasado o sí. Ten, le dice al joven y le ofrece el vaso de agua al extender el brazo. El joven deja de tocar la ventana para aceptarlo y le da un trago. ¿Y ella trae celular, quieres marcarle de aquí?, le pregunta haciendo referencia a Tania. No trae,  responde el joven y esta vez le da un segundo trago al agua para acabársela, en el vaso sólo quedan los hielos haciendo ruido. Vente a las mecedoras, le indica al joven, pero él niega con la cabeza, quiero irme, quiero hallarla, dice y le devuelve el vaso. ¿Cómo te llamas?, le pregunta al joven con la intención de mantenerlo ahí. Si le digo cómo me llamo se va a reír, responde aún de pie, pero ya cerca de las mecedoras. Para nada y no me hables de usted, ¿tan viejo me veo? Apenas tengo 25, le dice mientras se sienta en la mecedora. Me llamo Mel Gibson, dice el joven. ¿Ves?, no me río, yo soy Mauricio. Sí, ya vi, responde Mel poniendo las manos sobre el respaldo de la otra mecedora. ¿Cuántos años tienes?, te ves bien chavito. 18 en agosto, dice Mel, Tania cumple 19 el viernes que entra. Siéntate, lo vuelve a invitar Mauricio, Mel accede y toma asiento. ¿Nadie más vive con usted?, pregunta Mel. Mauricio estaba mordisqueando uno de los hielos que había en el vaso: ya te dije que no me hables de usted y, sí, mis papás, pero los fines de semana se van a la quinta. Mauricio se acaba el hielo y ambos duran algunos minutos sin hablar. ¿Vives muy lejos?, es la pregunta que hace Mauricio para desatorar la conversación de ese silencio. Sí, dice Mel, en el cerro y sonríe, mejor le chispo de aquí. A lo mejor Tania agarró un taxi y ya anda allá. ¿Viven juntos?, pregunta Mauricio. El que no hace preguntas le dicen a usted, dice Mel y sonríe de nueva cuenta. Perdón, se excusa Mauricio y se lleva a la boca un segundo hielo. Tania es la morra de mi jefe, explica Mel, ahí le tiene un cuartllo más arribita de donde nosotros vivimos pa ella y su jefa y su morrito, ya va pa 2 años el wey, mi carnalito. Mi jefa se hace la pendeja, pero sabe todo esto, sabe también que yo estoy bien emperrado con Tania, sabe que el día que mi jefe sepa todo este pedo me mata primero a mí y luego a Tania. Toda una tragedia griega, dice Mauricio. ¿Eh?, dice Mel desconcertado. Oí las cosas que le gritabas por la calle… que te había costado un huevo, que te iba a llevar la chingada…, dice Mauricio interesado en saber qué quería decir con esto. Este vato, dice Mel, ¿y no quieres saber también porqué me pusieron Mel Gibson?, suelta una risa que Mauricio secunda. Perdón, dice Mauricio, si no quieres no me respondas. Chingos de grapas que le robé a mi jefe sin que se diera cuenta, las traiba todas en la mochila que Tania se llevó, responde Mel, mi jefe tiene una tiendita de droga en la casa, es poquitero, tampoco es un narco de renombre; yo iba a venderlas esta semana y me iba a clavar la lana, iba a comprar con ese dinero un regalo chingón para Tania, algo bueno, de marca, no mamadas de los puesteros ni del mercadito. Cuando le dije todo esto, Tania me arrebató la mochila de las manos y se fue corriendo la cabrona. Esa es la razón que no me querías decir…, dice Mauricio. Y no sé por qué hizo esa pendejada, responde Mel, mi jefe nunca iba a darse cuenta, las grapas se las fui robando de poco en poco, las fui juntando en varios meses para que no notara que le hacían falta. A lo mejor ya fue a peinar con mi jefe, esta morra está bien zafada, pero estoy bien emperrado con ella. ¿Y por eso en realidad no quieres volver a tu casa, por lo que te espera allá?, pregunta Mauricio. Si pasa lo que estoy pensando, mi jefe me va a meter una chinga. Me ha perdonando muchas, pero nunca que le haya robado. Le digo algo, esa mamada de estar emperrado con una morra te hace que hagas un putazo de cosas por ella sin pensarlas porque uno se da cuenta de que la quiere al chile y no le importa lo que pase y todo por querer que ella tenga todo y sea feliz. ¿Sabes que ella nunca va a dejar a tu papá?, dice Mauricio. Mel asiente, resignado. Esto es un pinche desmadre, dice Mel, es como en ese pinche sueño de anoche. ¿Cuál sueño?, pregunta Mauricio más interesado en esta respuesta que en todas las anteriores. Una mamada de sueño que tuve, es como si haber soñado eso anoche me estuviera diciendo que todo me iba a salir mal hoy. ¿Qué cosas soñaste?, pregunta Mauricio. Íbamos yo y mi jefa, responde Mel, a una casa antigua, no la conocía, nunca la había visto, era muy grande y toda despintada, mi jefa traía un llavero con muchas llaves, la puerta de reja tenía un candado y una cadena muy gruesa, mi jefa se tardaba mucho en hallar la llave que abría el candado y yo me desesperé, entonces como yo estoy muy flaco me pude meter por uno de los espacios entre las rejas y llegué al porche, me puse a ver por la ventana del frente hacia adentro de la casa, pero no se veía nada, las cortinas eran gruesas y estaban cerradas, pero yo sabía que adentro de la casa había alguien y que desde ahí me estaba viendo y entonces sentí algo raro, yo sabía que a esa persona que estaba adentro de la casa le iba a pasar algo malo, sentí que yo tenía que ayudarla en lo que pudiera para protegerla, lo único que se me ocurrió fue poner la mano en la ventana, sobre el vidrio, era esta, la mano izquierda, Mel le muestra la palma de su mano a Mauricio, cuando hice esto mi jefa dejó caer la cadena al suelo y abrió la reja. Entró al porche mi jefa y me vio y me dijo que entrara a la casa junto con ella, pero yo no quise. Entonces yo sin moverme de ahí, sin quitar la mano de la ventana me volví alguien más, otra persona y comencé a seguir a mi jefa hasta adentro de la casa, pasamos el recibidor, la sala y dimos vuelta para entrar a un cuarto pero tenía la puerta cerrada. Yo forcejeé con la perrilla y le di una patada para poder abrirla. Mi jefa y yo vimos a Tania adentro de ese cuarto, estaba sin ropa acostada en la cama, muerta y toda llena de sangre, hasta por la boca le salía sangre. ¿Sabe también que vi? Al voltear a la ventana vi mi sombra, mi mano izquierda pegada al vidrio desde afuera…. 

¡Tania!, ¡Taniaaaaa!

El grito sacó a Mauricio del sueño. Dejó la cama y se acercó a la ventana, abrió las cortinas y vio de pie, sin moverse, a mitad de la calle a una joven esbelta, bonita y que llevaba puestos unos jeans desteñidos y una blusa de tirantes en tono rosa, su piel era muy blanca y su pelo rojo. “¡Tania!”, se escuchó una vez más el grito que provenía de lejos, era de un joven. La muchacha vio a Mauricio parado en la ventana y le sonrió, ella llevaba una mochila negra en sus manos. Cuando Mauricio menos lo esperaba la pelirroja corrió y despareció en dirección izquierda de la calle. Mauricio vio la hora en el reloj de pared, era la 1 de la mañana. Recordó que era domingo, día primero del mes de abril y que entraba en vigor el horario de verano por lo que tenía que adelantar una hora al reloj, eran entonces las 2 de la mañana, mover el horero y el minutero no le importó ni tampoco lo que ocurría afuera de su casa, por la calle. Cerró la ventana, las cortinas también y encendió el minisplit. Volvió a la cama y cerró los ojos, no le importó continuar el sueño que estaba soñando, en realidad no lo recordaba ya y, sin embargo, le vino de manera súbita una frase ya casi estando dormido otra vez: habrá sangre, balbuceó.   

viernes, 7 de octubre de 2011

Recuento 12: Allá en el cielo

Esta era una pequeña casa que parecía de juguete o como si se tratara de una de aquellas en las que uno de los tres cochinitos del cuento vivía, específicamente la segunda, que era de madera y que terminaría por derribar el lobo feroz solamente con sus soplidos. Es decir, que la vivienda era sumamente pequeña: cocina, alcoba, baño, sala de estar, todo se había adecuado en una sola habitación de dimensiones escasas y sin divisiones entra cada una de las piezas, tal vez si hubieran colocado sábanas colgantes que sirvieran para distinguir un espacio de otro se hallaría un poco más de organización al interior del paupérrimo domicilio. Eran algo así como pasadas las diez de la noche, el único foco en el techo proporcionaba una luz no muy adecuada y en la casa estaban el hijo, sentado a la mesa frente a un pequeño televisor a blanco y negro donde se transmitía uno de esos programas a los que se ve no porque resulten entretenidos sino porque ya es una cuestión orgánica hacerlo y aunque exista el rechazo al mismo tiempo el cuerpo exige acudir a diario a la cita con ese programa repetitivo, sin gracia y hasta cierto punto patético que no deja algo provechoso a nadie exceptuando la resaca moral así como también las insoportables ganas de volver a verlo al siguiente día cuando ya se ha caído bajo su influjo hipnótico. La madre, con tranquilidad, a un lado del hijo, planchaba camisas al marido y las que ya dejaba sin una sola arruga las iba colgando en los respaldos de las dos sillas disponibles de la mesa, todo lo hacía en silencio. El padre, que venía de trabajar, no tardó mucho tiempo en entrar por la única puerta de la casa, en ese mismo instante el conductor del programa de televisión mandó a un corte comercial por lo que el niño depositó toda la atención en las palabras intercambiadas por sus progenitores. Tan pronto cerró la puerta, la mujer recibió a su esposo diciéndole que no había agua, como en un reflejo automático. ¿Nos la cortaron otra vez?, pero estoy seguro que pagué el recibo, dijo él. No, digo que los garrafones están secos, dijo ella sin levantar la cabeza cuando rociaba el cuello de la camisa que planchaba con almidón. ¡Puta madre!, maldijo él, dio unos pasos y cerca a donde se hallaban en un mismo sitio compartido la pequeña estufa, la cama individual y el inodoro recogió los garrafones vacíos y volvió a la puerta. No te tardes porque se te va a enfriar la cena, le dijo ella, esta vez viéndolo a los ojos, sonriéndole cuando el esposo abría la puerta para salir y él reaccionó sacudiendo la cabeza, sonriéndole a su vez a su mujer a quien extrañamente no le preguntó qué le había preparado para cenar esa noche. ¿Voy contigo?, preguntó el hijo. ¿Y qué a ti no te da miedo la noche?, le dijo su madre, el padre seguía en el marco de la puerta abierta sin partir aún. A veces sí y a veces no, dijo el niño. No, no, no, no, tú no vas a ningún lado, dijo la madre y el padre terminó saliendo de la casa. El hijo dejó la silla y fue a pararse encima del sillón y al asomarse por la única ventana que había en la casa, luego de mover un poco la cortina, vio desde ahí como su padre caminaba por la calle llevando un garrafón por brazo, pero de pronto esa figura que conforme se alejaba se hacía pequeña dejó de volverse el foco de su atención y ahora el niño se sentía fascinado por la luz ambarina en la punta del poste que tenía de frente y que acabaría cegándolo luego de mantener fija la mirada un minuto, o quizás más, y a causa de esto tuvo que cerrar los ojos, al abrirlos quiso de nueva cuenta continuar el escrutinio de la luz hasta conseguir cegarse cuando le encontró diversión a esta mala acción, sin embargo un poco más arriba se encontró con un espectáculo que le llamó aún más la atención que la potente luz en la punta del poste. Mamá, mira lo que hay en el cielo, le dijo a su madre con mucha emoción. ¿Qué es?, preguntó ella un tanto aburrida. Ven, le pidió el hijo. La madre dejó la ropa y la plancha y se arrimó a la ventana, se sentó en el sillón y al levantar ahora ella la cortina completamente observó que el cielo se hallaba poblado por misteriosos aviones oscuros que no producían ninguna clase de estridencia al sobrevolarlo. Desconcertada, la madre se puso de rodillas sobre el sillón para ver mejor lo que estaba sucediendo allá arriba, lo primero que hizo fue enumerarlos, siete, dijo ella en voz muy baja, bueno, pensó, siempre ha sido de buena suerte. ¿Qué hacen, qué buscan?, interrogó el niño a su madre sin dejar de ver como las aeronaves, sin encontrarle algún tipo de orden a sus desplazamientos en el vasto firmamento negro, desprendían luces que desde la situación de la madre y su hijo se veían como enormes luciérnagas o estrellas fugaces. Pues vuelan, respondió la madre, pero no sé qué busquen. ¿Nos van a matar?, preguntó el niño. ¿Por qué dices eso?, devolvió la pregunta la madre. Eso van a hacer…, dijo el niño muy seguro de sus palabras. Pero, cómo…, y sin terminar de formular la pregunta, se escuchó el estallido de un bomba. Cerca de las montañas, muy lejos de su domicilio, la madre y el hijo vieron como se incendiaba un punto en esa zona cuando uno de los aviones liberó de su vientre y dejó caer una bomba desde las alturas. Los hechos dieron validez, certeza a lo que había dicho su hijo a quien ahora la madre, temblorosa, le había pasado un brazo por la espalda, el pequeño no demostraba tener alguna clase de miedo a lo que estaba sucediendo, en cambio ella sí. Entonces, ambos contemplaron consecutivamente ese espectáculo irreal y que parecía haber sido extraído de una película de corte bélico, de Apocalypse Now posiblemente o de Black Hawk Down cintas en las que los vehículos aéreos y sus ataques son primordiales para el argumento. En este caso, los aviones, pequeños pero sin llegar a ser avionetas, como pterodáctilos de la prehistoria iban desovando en su paso por el cielo bombas que caían en lugares elegidos al azar, aparentemente, algunos muy cercanos a la pequeña casa desde la que la madre y su hijo observaban patidifusos y con incredulidad a través de la ventana lo que inmisericordemente hacían las naves, y sentían los estallidos, así como las sacudidas de la tierra, fortísimos, y atestiguaban los incendios que ocasionaban, temibles, anaranjados, rojos, en tonos vivos y luminosos más aún que la potente luz ambarina del poste que estaba al cruzar la calle y que hacía poco llamara la atención del hijo hasta subyugarlo y cegarlo. Hijo…, llamó la madre al niño, viéndolo a los ojos mientras el ataque estaba llevándose a cabo, no, nada…, terminó de decir como si lo que tenía pensado hacerle saber decidiera no hacerlo al dar por hecho que el niño, un perfecto sabelotodo, ya lo conocía de antemano. ¿También a mi papá lo van a matar?, preguntó el niño. Esperemos que sí, para estar todos juntos… allá en el cielo, le respondió la madre alzando las cejas e indicando con los ojos hacia arriba. Pero entonces súbitamente los aviones dejaron de lanzar bombas y así como llegaron, partieron. Como si a los tripulantes de las naves les hubiera sido hecho un llamado donde les dejaran claro que todo había sido un error, un mal cálculo de latitudes, una orden que no debió haber sido dada, un ataque que no era en esa zona sino en otra. Y así es que cesó la guerra ante ellos, que eran opositores pasivos, pero de todos modos el daño ya se había realizado, la calamidad que los siete pequeños y diestros aviones dejaron a su paso en poco más de cinco minutos se atestiguaba en el fuego, en el humo, la destrucción de puntos dispersos que iban desde la montaña distante hasta la avenida que estaba a varias cuadras de su pequeña, humilde casa. La madre y el hijo observaron que tan pronto el cielo quedó vacío de aeronaves los habitantes de las casas vecinas comenzaron a salir y a comentar entre todos ese evento caótico e imprevisto que parecía del juicio final, pero ni ella ni el niño salieron de su  hogar y siguieron apoltronados en el mismo sillón, ella aferrándose a la espalda de su hijo como de un crucifijo, atemorizada todavía. En muy pocos minutos llegó el padre. ¿Qué creen?, preguntó él cuando asomó la cabeza al interior de la casa. ¿Qué te pasó, estás bien?, preguntó sobresaltada su esposa, el niño sujetó fuertemente la mano de su madre. Algo muy malo, terrible, dijo el padre. Ya, hombre, di qué fue, replicó la madre, levantándose del sillón. El lugar para llenar los garrafones estaba cerrado, dijo el padre, estamos sin una sola gota de agua para beber. Si en vez de bombas nos lloviera agua, dijo la madre.

martes, 16 de agosto de 2011

Recuento 11: Ahora ya sé que cuando tomo tequila te puedo soñar

Pues nada, con la novedad de que finalmente te soñé, espero y no te moleste haberte incluido en uno de mis sueños, bueno realmente se trató de dos pero esto lo aclararé más adelante, espero y no te molestes tampoco de que me atreva a contarte, descaradamente, que te soñé y que con esto he escrito un cuento con el único propósito de no olvidarlo nunca, así he sido siempre yo como las personas de antes que les gusta hacerse de ellos con el paso de los años y atesorar recuerdos para que al momento de verlos tiempo después, de redescubrirlos, en este caso sería leerlo, los reviven y esa sensación que experimentan tanto el cuerpo como el espíritu no tiene comparación. Además, me atrevo también a compartir esto contigo porque yo soy de esas personas que no saben guardarse las alegrías para sí mismo, compartirlas es lo mío.
Y, recordando un título de Federico Fellini, el sueño va:
Era mi habitación, y a la vez no lo era, porque a pesar de estar pintada del mismo tono y tener el mismo tipo de pisos así como ser del mismo tamaño pues le hacían falta la LCD, el minisplit, mis tantos libros, mi colección de películas y revistas de cine, la vieja PC que utilizo cuando mi laptop falla… Pero lo indispensable, como la cama y la lámpara así como el par de relojes de pared, sí estaban ahí, pero, ¿sabes? Es como si la posición de los objetos se hallase a la inversa, como si todo lo estuviera viendo a través de un espejo. ¿Te imaginas que tú y yo y todo el mundo existiera adentro de un espejo? Yo lo considero posible. Bueno, la verdad a mí no me importaría pasar toda una eternidad atrapado en el “looking glass” como “Alice” y pasar por una infinidad de avatares, siempre y cuando te llevara a ti de compañero de viaje.
Así es que en mi habitación estábamos tú y yo, y no sobre la cama que, para entonces, ya se hallaba con las sábanas revueltas y creo que ya había sido utilizada… para dormir, claro está. Eran como eso de las 10 de la mañana y por entre los espacios de las persianas se introducían feroces haces de luz, de esos que al verlos cuando entreabres los ojos te dejan ciego, de esos rayos solares que por acá es raro que falten para darnos los buenos días todas las mañanas.
Los dos estábamos a un lado de la cama, tendidos sobre el piso que estaba deliciosamente fresco, los 2 sólo llevábamos puesta la ropa interior, blanca, pulcra, inmaculada como tu piel. Yo tenía mi cabeza apoyada sobre tu regazo y observaba el techo, la manera en que las cinco aspas del ventilador daban vueltas muy lentamente, en cambio tú mirabas con atención, mientras tenías la espalda recargada sobre la pared, algo que se transmitía en una televisión obsoleta de esas que tiene acabado en madera y parecen piezas de museo… La verdad no sé qué veías, espero y haya sido Mulholland Drive, esa hermosa escena donde Laura Elena Harring y Naomi Watts lloran cuando Rebekah del Río canta “Llorando”, y no llora cantando, en el Club Silencio.
Oye, ¿pero te diste cuenta de la incongruencia que he escrito: estábamos tendidos sobre el piso y en la siguiente oración ya tenías la espalda recargada sobre la pared? Así es esto del mundo de los sueños: no hay reglas, todo es posible.
Entonces te abracé, con la intención de que no te fueras a ninguna parte, y alcé la mirada y tú también me miraste, los cuatro ojos se encontraron, los tuyos claros y los míos más oscuros, y me sonreíste y tomaste mi mano derecha y la llevaste a tu pecho…
Hasta aquí duró tu primera intervención en mi sueño, pero más tarde volviste y en una escena terrible y grotesca que no me gustaría describirla, menos relatarla, basta decir que es un pasaje triste y pornográfico donde aparecían un par de tipos sudosos que no sé de dónde salieron y otro más, de piel muy morena que tampoco logro reconocer de ningún lado, y resaltando de entre ellos, por tu figura esbelta y perfección, tú. Yo no participaba en esta otra parte del sueño, era invisible y, sin embargo, pues muy a pesar de no querer hacerlo, todo lo vi. Pero bueno, logré abrir los ojos, tras padecer esta escena dantesca, y así salir de la segunda parte del sueño y que me pareció más pesadilla que cualquier otra cosa.
Así es que el sueño acabó y lo primero que pensé fue en contártelo, volverte partícipe de mi alegría, compartir sonrisas de media luna. Sólo yo sé lo importante que es para mí eso de soñar a la gente que me importa. Y además porque, en ocasiones, las cosas que sueño suelen llegar a ocurrir. ¿Sabes? Nadie sabe en realidad qué misterio alberga el mundo de los sueños, si quizá la realidad sea lo que ahí sucede y la que nosotros llamamos realidad no sea otra cosa que un sueño larguísimo del que despertaremos en algún momento, no sé, digamos cuando sea nuestro turno de desprendernos del mundo. ¿Te imaginas lo que eso significaría?
Gracias por participar en mis sueños… Por sentirte al fin a mi lado, tan cerca de mí. Ahora ya sé que cuando tomo tequila te puedo soñar.    

lunes, 1 de agosto de 2011

Recuento 10: Hay un hombre bajo la sombra de aquel árbol

Desde aquí veo a un hombre bajo la sombra de aquel árbol. Está tranquilo. Su tez es clara, pálida, lo más seguro es que no sea de por aquí, por su cabello rubio yo diría que es extranjero o descendiente de ellos, europeos de ojos claros no se ven todos los días. Me pregunto qué estará haciendo él ahí. Quizás espera que las hojas del árbol caigan sobre su cabeza. Quizás espera el invierno. Quizás espera que llegue la muerte y le plante un beso. Hay muy pocas hojas marchitas esparcidas sobre el suelo, pero eso a él parece no importarle, desde que me he puesto a observarlo no se ha movido un milímetro de su posición. Quizás ese hombre desea ser tan alto como el árbol, para arrancar el fruto maduro que pende de la rama que no alcanzaría ni poniéndose de puntas. Ese hombre no se mueve, y yo soy invisible para él. Él está tan quieto como el viento, y yo también mientras lo observo. Ese hombre espanta a los pájaros que detienen su vuelo en las ramas del árbol, pero no creo que él sea un espantapájaros de profesión, si tan sólo él dijera algo o yo me atreviera a preguntar. Desde aquí veo a un hombre bajo la sombra de aquel árbol, yo, que estoy tan lejos de ti, deseo estar un poco más cerca, protegerme de los rayos del sol bajo la sombra del árbol igual que tú lo haces y, por qué no, poner mi oído en tu pecho y escuchar los latidos de tu corazón. Los solitarios somos todos iguales. 

sábado, 30 de julio de 2011

Recuento 9: En Resumen, Te Quiero

Querer mostrar que todo lo que llamamos verdad es verdad, no es sino una de las posibilidades de la verdad. Siempre puede haber otras tan legítimas como la anterior.

Marco Denevi.

No es que sea un experto en la interpretación de los sueños, porque de ninguna manera me definiría como tal y, sin embargo, sí estoy seguro de la existencia de esta facultad, que muchos considerarían intuición o sexto sentido, para fácilmente darle alguna significación a lo que cuando dormimos podamos ver o realizar en sueños, y a las pruebas me remito.

Pero más allá de la simpleza de decir “soñar con boda es que prontamente habrá algún fallecimiento” o “soñar con mierda es que recibirás dinero”, cuando alguien me cuenta lo que ha soñado, no comienzo a configurar ninguna explicación en base a las pistas que me sean dadas en esos mensajes encriptados, que son enviados subconscientemente a través de los sueños, a todo aquel que acude a mí colmado de incógnitas sino que dejo que mi cuerpo hable y sin necesidad de pensarlo dos veces, comunico lo que la sangre me exije, “eso” que al soñador le hace falta saber, la anhelada respuesta para que encuentre solaz. Pero allá ellos si quieren escuchar o no lo que les digo o si simplemente les bastaba con desembuchar lo que los aturdía con alguien de su confianza.

Hace un par de días me despertaron a las tres y tantos de la madrugada, como tambores de Calanda los rings del celular sonaron con perseverancia por varios minutos, “a estas horas sólo puede tratarse de alguna llamada de extorsión”, pensé, la televisión suele ponernos paranoicos, la verdad. Encontré el teléfono que descansaba junto a mí en el buró, a un lado de la cama, y antes de contestar recordé los últimos momentos de mi sueño: en él, yo subía y bajaba escalones intentando incansablemente de llegar a un punto, me hallaba algo así como perdido en cierta estación del metro que no podría decir cuál era porque nunca había estado en ella, un sueño un poco angustiante, porque yo sabía que me hacía falta llegar de inmediato a mi destino, lo extraño es que desconocía también cuál era éste. Por cierto sucede una extraña contradicción con respecto a esta suerte de don que poseo, jamás me ha sido posible dar significado a mis propios sueños. Y, bueno, así es que sin retirarme las lagañas de los ojos, mi mano dio con el teléfono y atendí: Desde hace más de una hora estoy despierta y con miedo, no sabes, fue una cosa tremenda, era una mujer horrible, decrépita, de ésas que parecieran haber salido de una película de terror, no sabes, me dio un susto bárbaro del que todavía no me recupero, te lo juro que estoy sudando frío, oye, ¿estás ahí?, terminó de decir la voz de Elena que hablaba entre atropellada y con prisas. Sí, aquí estoy, ¿ya te diste cuenta de la hora qué es?, le pregunté con tono de regaño. Sí, mi Jules, ya pasan de las tres de la mañana y ya sé que te levantas a las cinco y media, pero es que cómo te explico que necesito que me digas de qué se trató todo eso, no sabes, no he podido pegar el ojo desde que desperté bañada en sudor y llorando, como a eso de las dos, y, no sabes, con eso de que Eugenio está de viaje de negocios, estoy solita y mi alma aquí en casa, y, pues eso, que sólo se me ocurrió llamarte a ti, mi bien ponderado Jules, ayúdame, honey bee, tengo mucho espanto, terminó de decir. Bueno, cuéntame entonces qué fue lo que soñaste, pero no te prometo dilucidar gran cosa, en serio que mis sentidos están algo aletargados, le dije y me tendí boca arriba sobre la cama. Gracias, mi Jules, por eso te quiero, bebé; pues nada, resulta que Eguenio y yo entrábamos a un McDonalds, imagínate, en mi vida he pisado uno, ya ves que mi dieta me prohíbe ingerir comida que no es comida jajajaja… ¿me escuchas?, me preguntó Elena al terminar de reír por su propio chiste. Sí, te estoy poniendo toda mi atención, Ellen, le dije. Gracias, bebé, y bueno, los dos ocupábamos una mesa y se nos acercó una mesera a tomar nuestra orden, una muchachita muy linda, y con una vocecita dulce, su uniforme era como de esos que solían usar las camareras de tiempo atrás y como se ve en las películas, en tono turquesa, y no me acuerdo qué ordenamos, la verdad, pero seguramente fue alguna cajita feliz, ya ves que estando ahí, ¿qué otra cosa podíamos pedir? Entonces esta chavita que era rubiecita, de piel blanca y muy mona, tipo Candy Candy, pero su pelito no era rizado sino lacio, se marchó y Eugenio y yo nos quedamos solos, pero no cruzamos una sola palabra, es más desviábamos la mirada del otro, yo, como tenía la ventana de frente, veía que afuera había un columpio y en una de las sillitas de fierro un niño como de unos cinco años, era columpiado por una señora gorda y ya como de unos sesenta años… espérate, ahora que recuerdo bien, ese columpio estaba instalado en un pequeño jardincito y el zacate se miraba como quemado… sí, como si alguien le hubiera prendido lumbre… curioso detalle; y, bueno, entonces, la muchacha regresó, como sucede en las películas la comencé a ver de abajo para arriba, inicié con sus pies, sus piernas, su falda, el vientre, no llevaba ninguna charola en las manos ni nuestro pedido tampoco, luego le vi el pecho y el cuello y al llegar a su rostro, horrible, mi Jules, no encuentro palabras para contarte cómo era… mmm… ¿te acuerdas de la película de He-Man And THe Masters Of The Universe?, me preguntó Elena. Creo que sí, con Dolph Lundgren, ¿verdad?, le dije. Sí, mi Jules, pues la mujer esta, no sabes, era idéntica a la mujer que Skeletor tenía prisionera, ya ves que en la película poco a poco se iba como que pudriendo en vida, así como que desintegrándosele la cara, yéndosele para abajo los músculos y la piel, horrible la mujer, así era el rostro de esta tipa que vi en mi sueño. Pues de esa escena en particular no me acuerdo, pero me imagino, Ellen, le dije. No, así no cuenta, me dijo Elena, cómo te explico… En Aura de Carlos Fuentes, en Consuelo Llorente, ¿si te acuerdas?, me preguntó. Claro que sí, ahí tengo en mi cajón de proyectos inacabados una adaptación al cine que hice de ese relato, le dije. Pues imagínate que tenía de frente a la vieja bruja esa desquiciada y de más de cien años frente a mí, terrorífica imagen, tengo miedo todavía, mi Jules…, dijo Elena. ¿Y qué más pasó, Ellen?, le pregunté. Desperté cuando ella intentó acercárseme; tú qué crees que quiera decir mi sueño, me dijo. Que estás esperando un hijo, tienes por lo menos cinco semanas de embarazo, le hice saber, las palabras brotaron por sí solas de mi boca, no me dieron tiempo a pensarlas, por un momento Elena no pronunció una sola palabra así es que tuve que preguntarle si todavía seguía en la línea. Sí, aquí estoy, petrificada por la noticia que me acabas de dar, Julito, no me lo creo, en serio, me dijo. Pues allá tú, y, por cierto, no me digas Julito. Sorry, Jules, es que el miedo por el sueño ya se me pasó, pero ahora estoy bien nerviosa por eso que has dicho y tú nunca te equivocas, cabrón, me dijo. Ellen, no sé decirte cómo es que lo sé, pero lo sé, estás embarazada, felicitaciones, en serio, te mando un abrazo fuerte, también a Eugenio, pero tengo que dormir, le dije. Sí, lo entiendo, mi Jules, creo que te voy a colgar para marcarle a Eugenio, besos mi adivino adivinador, te marco por la tarde, disculpa mis molestias de señora chisqueada, bye, precioso, me dijo. Hasta luego, Ellen, le dije y colgué, me di media vuelta sobre el colchón de la cama, tomé la almohada, la abracé y traté de dormir, en pocos minutos todo se volvió negro.

Y en otros pocos minutos más timbró la alarma del despertador.

A un lado, en la misma cama, tenía a Eugenio, le di un beso en la espalda, me encanta hacerlo porque es como si probara el agua del mar al entrar mis labios en contacto con su piel y me dejara su sabor salado impregnado en ellos. La hilera de besos continuó subiendo hasta alcanzar su nuca, luego, mientras pasaba mis dedos por su cabello, le dije al oído que había tenido un sueño muy extraño. ¿Con qué soñaste, ahora?, me preguntó algo adormilado y teniendo la boca sobre su hombro izquierdo, siempre suele dormir de esta manera, por lo que sus palabras apenas y las entendí. Con Elena, le dije. Tenemos años sin saber de ella, desde que le encontró el sabor a la vida, se olvidó de este par de camotes, dijo él y rió con la nariz. Abracé a Eugenio y le conté detalladamente todo lo que había soñado. Dicen que es malo soñar con mujeres embarazadas, me dijo Eugenio, al terminar el relato de mi sueño. ¿Malo, en qué sentido?, le pregunté. Pues no sé muy bien, me dijo, pero dicen que es señal de que una desgracia está por venir. Y a ti quién te contó eso, le dije. No sé, cosas que aprende uno de la vida, mejor ya deje de abrazarme, muchacho, y métase a bañar que ya van a ser las cinco y media.

Elena era la novia de Eugenio cuando la conocí, los tres estábamos por licenciarnos, ella y yo de QFB y él de LAE, ella se convirtió en poco tiempo en mi mejor amiga de mis últimos años en la facultad, a él nunca le caí bien del todo porque le provocaba celos que Elena tuviera depositada tanta confianza en mí y no en él que era su novio. De pronto una noche en que Elena no se presentó a un concierto de Intocable el destino tiró los dados y nos quedamos Eugenio y yo solos, nos conocimos a cabalidad sin la presencia de ella, y el resto fue historia. Al poco tiempo sólo fuimos: Eugenio y yo. Elena se alegró de que ya no hubiera enemistad entre las dos personas que más le importaban en ese momento de su vida, pero no tardó mucho en que su intuición femenina entrara en juego y sospechara que hubiera algo más entre ambos, la noticia de que había surgido algo entre Eugenio y yo la apabulló durante un buen tiempo, tanto que nos dejó de hablar, pero luego prefirió tenernos como amigos que como enemigos. Al graduarnos, Elena decidió hacer una maestría en el extranjero, desde entonces perdimos contacto con ella y poco a poco fue olvidándose, sólo hasta el sueño de anoche, cuando reapareció embarazada en mi sueño, volví a tenerla en mente, y, según Eugenio, ese asunto del embarazo no era buen augurio.

Y, bueno, ya al cuarto para las siete, me encontré frente a las escaleras de la estación del metro y las subí no sin tener esa sensación de estar viviendo un deja vu. Tras introducir la tarjeta y al estar a punto de poner el pie en las escaleras eléctricas, escuché que alguien me habló, volteé y no vi a nadie, la sensación de extrañeza aumentó todavía más. No transcurrieron ni cinco minutos para que arribase el metro, me subí en el último vagón, el que se supone va más desocupado. A lo mucho diez pasajeros, y yo, tripulábamos el vagón.

En un principio Elena se puso como loca cuando supo que la habían dejado por un hombre, y más cuando no era un hombre cualquiera de tantos sino su mejor amigo, en quien ella confiaba más. Pero en poco tiempo comprendió que el amor es un algo que es incomprensible e indetenible, y prefirió hacerse de un par de buenos amigos que amargarse la existencia siguiendo el sendero del odio. Es que, en resumen, te quiero, me dijo, y qué chingados le hago, eso no voy a dejarlo de hacer nunca, mi estimado Jules, cabroncito de mi alma.

Y, entonces, cuando terminabas de pensar en eso que yo te había dicho hace mucho tiempo, ¿recuerdas, esa frase: “En resumen, te quiero”?, dijo Elena, tú te bajabas del vagón en la última estación, ya eras el único pasajero y comenzabas a caminar, a subir escalones y a bajarlos, pero esa estación subterránea era algo así como un laberinto de escaleras y pasillos que no conducían a ningún punto… no encontrabas nunca la salida, y eso me mortificaba, yo no aparecí por ningún lado, simplemente era testigo omnipresente de todo esto que te ocurría, me desperté con mucho miedo y te marqué, Jules, ¿te encuentras bien?, ¿Sigues ahí? ¿Qué explicación me puedes dar a este sueño? No entiendo nada la verdad, de por qué después de tanto tiempo vine a soñarte a ti, precisamente, busqué tu número y te marqué de inmediato, pero dime algo, respóndeme, Jules… Dónde estás, mi cabroncito…

En mi sueño, en el sueño de alguien más, el de Elena posiblemente, en el deja vu, en la vida, en la realidad, en mi inconsciencia, en el significado de un sueño, en mi muerte, en mi pasado, en mi presente, en mi futuro, en la película que alguien más veía, en el cuento que alguien más escribía, en eso que no tiene nombre, en lo que fuera que fuera ahí me encontraba yo, y yo subía y bajaba escalones en esa estación del metro en la que jamás había estado y buscaba llegar pronto al andén del metro y tomarlo para que me condujera a ese destino que aún sigo sin conocer, mientras andaba en ese laberinto del cual sabía, no pregunten cómo lo sé, que nunca lograría salir, recordaba a Eugenio, el sabor de su espalda, y a Elena, su frase para la posteridad: En resumen, te quiero.   

jueves, 23 de junio de 2011

Recuento 8: Cuando la ocasión se presenta (o Los sagitarios siempre acaban destrozándome el corazón)

Cuando la ocasión se presenta, es decir, cuando súbitamente mi mente se libera de toda presión, de esos pensamientos a los que me ha dado por llamar “de fijo” porque son los que siempre están, estarán ahí, a pesar de que parezca lo contrario, y forman, formarán perennemente, parte de la rutina diaria, semanal, mensual, anual hasta el fin de mis días… Y, bueno, es raro, pero casi siempre mi mente se desamarra de manera efímera de esas correas que me sujetan al rigor de la vida al momento de escuchar música y, entonces, es cuando me dejo arrastrar por ella hacia el pasado o a la fantasía… Debidamente con los ojos cerrados, sonando Clocks de Coldplay, donde el piano y la voz de Chris Martin más el resto de instrumentos empatan armónicamente y, en un murmullo que apenas y soy capaz de escuchar yo mismo, repito una estrofa de la canción: Confusion never stops / Closing walls and ticking clocks / Gonna, come back and take you home / I could not stop that you now knowComienzo a cruzar la puerta, es de noche, desconozco la casa y sin embargo el enorme patio guarda similitud, al menos en sus dimensiones, con el solar de la casa de mis abuelos maternos en Aldamas, solamente que en él no están los naranjos ni el gallinero ni el chiquero de los marranos ni el baño de pozo, plantado, de todas maneras, al centro del patio está el enorme huisache que ofrece sombra a la casa, pero en este caso no es la misma, aquella era verde, enorme y estaba levantada a casi un metro del suelo, la de ahora es una vivienda más bien pequeña comparándola contra el terreno restante, cualquiera pensaría que pudo haber sido construida mucho más espaciosa… Pero, bueno, basta de detalles, lo que importa es que estoy cruzando la puerta principal y una señora de edad avanzada me recibe dándome un beso en la mejilla y un abrazo, ambos muy familiares, me pregunta que cómo estoy, bien, le respondo y me dice que me siente en la silla del recibidor, le digo que así estoy bien y ella me dice que en un momento volverá que tiene que salir, pero que no me preocupe que pronto llegará José Luis, no sé de quién me habla, pero yo asiento y ella pasa a un lado de mí y sale por la puerta con una sonrisa en los labios… Por pura curiosidad pregunto en voz alta si hay alguien en casa, pero nadie me responde, cabe aclarar que la casa está iluminada por todas partes: ante la escasez de espacio, abundancia de ventanas… Me dirijo a la segunda pieza que es la sala-comedor y de ahí ya el resto de la casa queda comunicada: al frente se puede ver la cocina y las puertas de los dormitorios y la del baño, hacia la derecha… La puerta del baño se abre, sale de ahí un joven que se parece a Gael García, me mira y me lanza un saludo con la cabeza y yo le respondo, camina hacia la sala y me pregunta si no hay nadie más en la casa, le digo que yo pensaba que no había nadie, hasta pregunté si había alguien pero nadie respondió, pues qué raro, me dice él, yo no oí que alguien hablara, entonces va y se sienta en el sillón individual de la sala y me dice que yo también ocupe un lugar… Después de pasados unos minutos en los que ninguno hemos tenido la mínima intención de conversar, pienso que ya transcurrió el tiempo suficiente como para preguntarle qué es lo que esperamos, de hecho, él me responde, no tengo la menor idea, me dice, y de una mesa que está a un lado del sillón alcanza con la mano un libro y lo abre en una página al azar y se pone a leer… Así que ésta no es tu casa, le digo al joven quien está sumido en la lectura, no, responde él casi sin ganas de hacerlo, mmmm… ¿y qué lees?, si se puede saber, le digo, el joven cierra el libro y me mira a los ojos, yo tenía poco tiempo de haber llegado aquí antes de que tú lo hicieras, me dice, y estoy leyendo a Leon Tolstoi, “El reino de Dios está en vosotros”, bueno, le digo, ya para no molestar más, por pura casualidad ¿no conoces a un tal José Luis?, el joven frunce el ceño, al único José Luis que conocí, me responde, es un amigo de mi hermano que falleció hará un par de meses: leucemia, lo siento, le digo, no hace falta que digas una mentira, me dice y abre el libro para continuar su lectura… Pero no pasa mucho tiempo en el que ninguno cruza palabras, mucho menos miradas, cuando vuelvo a interrumpirlo preguntándole si además del cuarto de baño conoce el resto de la casa: las recámaras, no, me responde él, como te digo yo no vivo aquí y mejor ya deja de estarme haciendo preguntas porque me estás fastidiando… Entonces, dejo la sala y me dirijo a la puerta que está a la izquierda de la que corresponde al cuarto de baño y al momento de abrirla me encuentro con un dormitorio paupérrimo, el cuerpo de un joven, quien lleva puesta únicamente una trusa blanca, tendido en una cama individual, a su costado derecho está una mujer vestida de negro que llora sentada en una rústica silla de madera, ella guarda parecido con la mujer que antes me encontré en la puerta sólo que ahora es por lo menos una década más joven, la habitación se hace iluminar por una lámpara de gas que descansa sobre un buró que está al lado izquierdo de la cama. Se murió mi niño, me dice la mujer que levanta la cabeza cuando me mira, leucemia, igual que su papá, igual que su abuelo. ¿José Luis, verdad?, le digo a la mujer. Sí, me responde entre sollozos, ¿lo conocías? La mirada en sus ojos irritados me conmueve, eso no lo sé, señora, le respondo y, no entiendo porqué, sonrío en ese instante que no tiene ningún motivo que provoque sonrisas. Ella difícilmente también simula una sonrisa en su rostro gobernado por la tristeza y pasa sus manos por encima de la cara de su hijo muerto… A pesar de la poca luz en el cuarto, puedo distinguir que en la pared opuesta hay un umbral aún más oscuro y me intriga conocer hacia dónde conducirá, así es que camino hasta adentrarme en él, a los escasos pasos descubro que el olor en ese lugar es una extraña e insoportable combinación de concentración de humedad más la emanación proveniente de los cuerpos en descomposición, no obstante que no puedo comprobar que los haya puesto que no los he atestiguado, pero cuando ya estoy decidido a volver me topo con una bifurcación y, como siempre lo he hecho, elijo la opción de la izquierda, al fin zurdo… Al cabo de andar unos cuantos metros el resplandor rectangular que está al frente me advierte que pronto llegaré a una puerta más… Un hombre está sentado en una silla giratoria, me da la espalda porque, entretenido, está viendo por la televisión una película a blanco y negro, si no me equivoco se trata de The Man Who Knew Too Much de Alfred Hitchcock en su primera versión, la parte de la película en la que el protagonista ata un hilo a la espalda del hombre que será la primera víctima y el tejido hecho por su esposa comienza a deshilacharse conforme el hombre se mueve y a la misma vez van enredándose las parejas que bailan… Cuando cierro la puerta, en la película, al mismo tiempo, se detona el disparo proveniente del exterior del salón de baile y que atraviesa la ventana para fulminar a ese hombre a quien le fue atado el hilo en la espalda, tras escuchar el sonido de la puerta, el hombre sentado en la silla giratoria se da la media vuelta y entonces lo reconozco… ¿Edu?, le pregunto absolutamente sorprendido y él sonríe, pero al igual que yo se extraña cuando me ve. ¿Qué onda, we? Tenía un chingo de años sin saber algo de ti, we, me dice con esa voz profunda que creí que ya la tenía olvidada… Pues, opino igual, cuando terminé la carrera te perdí la pista, le digo… Pero, bueno, aquí estamos, we, dice y culmina con esa sonrisa de lado que me subyuga… Te acuerdas que… le digo, pero él interrumpe mi oración… We, mejor no hablemos del pasado… Pero, cómo no hacerlo, al menos ponme al tanto de qué ha sido de tu vida, le digo… Pues no mucho, me casé, tengo un hijo, no terminé la carrera y cuando hay trabajo, pues trabajo. ¿Y tú, ya te pescaron, we? me cuestiona… ¿Cómo crees?, le digo, seguía esperando que tú aparecieras y me amarraras, le digo entre sonrisas pero con sinceridad… Edu también se ríe, ¿por qué me dices eso, we?, me pregunta… Obvio, porque estoy loco, le digo… No estás ni eres ningún loco y eso lo sabes, me dice Edu… Para evitar abundar en esa encrucijada de ideas que no llevará a ningún punto le digo que si no piensa ponerse de pie para darme un abrazo, han sido muchos los años que han pasado, Edu, le digo… We, has cambiado un chingo en estos años, según yo eras alérgico a los abrazos, me dice… Y lo sigo siendo, le digo, pero contigo hago una excepción, así es que párate para verte bien… No puedo, we, me dice… Cómo, por qué, le pregunto… No me puedo levantar, we, me dice, ya no camino, we, es una historia muy larga y no pienso contártela… No lo hagas, Edu, no es necesario que expliques nada, bueno, si quiero que me cuentes algo, sabes qué hacemos aquí, de quién es esta casa… Creo que eso no tiene mucha importancia, we, dice Edu, lo que importa es que aquí estamos tú y yo, we, nos hemos encontrado de vuelta… Pues sí, tienes razón, es lo mejor que pudo haber pasado, le digo, aunque no me convences mucho que digamos, ¿sabes?, cuando vi la casa desde afuera era muy pequeña y ahora, no sé, es como si le hayan crecido pasillos y habitaciones, no lo habías notado, le pregunto… We, me dice, tú como siempre nunca dejas de pensar, ésa fue la razón por la que… No lo digas, ahora soy yo quien corta la frase de Edu, no lo digas, repito… Ésa es la razón, dice Edu, por la que ahora estás muerto, José Luis, tu mente suele trabajar horas extras… ¿Tú crees?, le digo… We, no mames, me dice, cuando te enteraste que tenías leucemia te mentalizaste en que tu final ya se aproximaba cuando la mayoría de las personas luchan y evitan pensar en la fatalidad cuando se les diagnostica algo así… Yo nunca he sido como la mayoría de las personas, le digo a Edu y me siento sobre el suelo, me recargo sobre la puerta, a la mayoría de las personas como tú dices les gusta vivir en el autoengaño… No, José Luis, me dice Edu, lo que hacen es no rendirse… Hay algo que no sabes, le digo a Edu, sí, fue la leucemia lo que al final, bueno, tú sabes, pero mi corazón ya estaba destruido desde antes, precisamente desde que tú desapareciste de mi vida… We, de eso prefiero no hablar, dice Edu… Como tú digas, Edu, le digo, lo único que quiero que sepas es que es un hecho que en mi vida los sagitarios siempre acaban destrozándome el corazón… We, y cómo te acuerdas todavía que mi signo del zodiaco es sagitario, dice Edu, we, mejor no me respondas y ya deja de hacer dramas y de pensar en el pasado, mejor terminamos de ver la película, si quieres le doy rewind y comenzamos a verla desde el principio, si tú quieres… Si lo mismo pudiera hacer con mi vida, le digo…